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Los celtas median su tiempo con la luna y añadían un mes cada cinco años. En su origen era la luna quien marcaba su ritmo de vida. En principio y durante mucho tiempo los pueblos celtas fueron eminentemente cazadores y ganaderos, no agrícolas, motivo por el que encomendaban este trabajo a los pueblos autóctonos bajo su dominio o bien a los miembros de la tribu no útiles en la caza o la ganadería.
| El calendario de Coligny reflejaba la medición del tiempo realizada por los celtas. |
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Las fiestas eran actos sociales y tenían lugar 40 días después de un solsticio o un equinoccio. Dependiendo de la singularidad de la fiesta, bien podían ser competiciones, verdaderas orgías, o simplemente reuniones para deliberar; aprovechaban las fiestas para dirimir pleitos, contratar especialistas o, sencillamente, pasarlo lo mejor posible en todos y con todos lo sentidos. Aunque hay quien lo tome como excusa, lo cierto es que, para acceder al otro mundo, una de las razones de algunos festejos, abusaban de la comida , de la bebida y de determinadas infusiones alucinógenas; un sutil modo de acceder al conocimiento y a la sabiduría, a su entender. Las fiestas eran el mejor momento para transmitir, oralmente, las tradiciones a través de recitales bárdicos, de narración de cuentos y leyendas, al calor y la luz de las hogueras; con el dulce sopor producido por el consumo de hidromiel, vino y toda clase de brebajes mágicos, todo lo cual incrementaba el erotismo de los presentes y exaltaba la actitud vital del pueblo celta, sin olvidar, claro, la legitimidad de las uniones amorosas y lo permisivos que eran los druidas en este aspecto social. Para los celtas, que entendían perfectamente la vida en la naturaleza e hicieron, por así decir, de ella su religión, las apetencias sexuales eran tan importantes como sus inquietudes espirituales; y el descuido o el desprecio de la mujer en sus requerimientos para tener una relación sexual, era algo considerado vergonzoso, cuando no deshonroso, para el hombre, quien solícito había de atender en todo momento a estos requerimientos femeninos pues así se lo demandaba la vida y, en concreto, su tribu, siguiendo las indicaciones de su destino.
Samain: Se celebraba el primero de noviembre. Samauhin o Samail “fin del verano”, recordaba a los irlandeses la llegada de los fríos y en se rendía culto a los muertos al rememorar el cruel sacrificio de los recién nacidos al ido Crom Cruach. Era la primera noche del año nuevo, dedicada al Dis Pater, Dagda, en demanda de fertilidad y abundancia. Era la fiesta más popular y concurrida de las cuatro fiestas principales celtas. Duraba tres días y, en estas fechas era cuando los muertos podían ponerse en contacto con los vivos y reunirse, por unas horas, con ellos. En Irlanda encendían un fuego en el centro de los poblados y a él acudían las gentes para que activasen u nuevo fuego en sus hogares. En este primero de noviembre Dagda se unía con la diosa Morrigu, señora de los espectros y quien proporcionó a su amante las indicaciones precisas para vencer a los fomore, también seres demoníacos. Según el sistema de fecundidad y los mundos infernales, la unión de Morrigu (la futura Morgana y una dama terrible), con Dagda, el buen dios, expresa la relación entre sexualidad y fecundidad, motivo por el cual estas celebraciones tenían un marcado carácter agrícola. Se cuenta que Dagda descubrió a Morrigu cuando ella se iba a bañar en el río Unius, e hicieron el amor no lejos de las aguas, en un lugar que aún hoy se conoce como “lecho del amor”.
Imbolc: El primero de febrero se dedicaba a la diosa Brigit, coincidiendo con la estación invernal. A esta fiesta se le llamó Imbolc y estaba limitada a pequeños poblados y se exaltaban las cualidades del fuego en su lucha contra los fríos y crueles vientos del norte.
Beltane: Esa fiesta se celebraba el primero de mayo, Cétsamain, y se ofrecían ofrendas a Bel en agradecimiento por la vuelta de la plenitud del fuego solar. Entraban los celtas en el ciclo de mayor actividad del año; momento idóneo para la aparición de hadas y encantos y, por supuesto, también los temidos habitantes de los bosques como brujas y hechiceros que, rechazados por la luz, clamaban por el regreso de la oscuridad. Los rituales también tenían al fuego como centro. La siembra prometía buenas cosechas y el ganado podía regresar a los pastos. En los rituales del fuego, los druidas eran los protagonistas indiscutibles del rito mediante la organización del ceremonial, rígido y complicado. El rey era el primero en encender la hoguera y luego lo hacían los jefes de aldeas y poblados de todo el país. Es, sin duda, el precedente más destacado de la fiesta de las hogueras de San Juan. Entre los germanos se llamaba la noche de Walpurgis, aunque aquí predominaba el aspecto siniestro de la noche y la oscuridad sobre la llegada de la luz a un mundo sumido en las tinieblas.
Lugnasad: Al dios Lug se le tenía en alto nivel en el Olimpo celta. Las mujeres adquirían un protagonismo decidido. La expresión Lugnasad quiere decir “recuerdo de Lug” y también lo había para su nodriza, la princesa Taïtu, hija del rey de la Península Ibérica Magmör, quien le cuidó hasta que pudo llevar armas. En honor a tal dama, el dios estableció juegos y competiciones. Esta fiesta marcaba el comienzo de las cosechas y, en Tara, tenía lugar la gran celebración común de todas las tribus. Mediante este ritual se simbolizaba una primitiva hierogamia: el matrimonio del dios Lug con la diosa Tierra. Constituía una forma de entrar, con buenos augurios, en la estación invernal.
Otros festejos:: Entre los rituales más comunes, para aumentar la fertilidad y la buena salud del ganador, se encuentra el de hacer saltar a los animales por encima de las hogueras, a modo de purificación. También cabe recordar, por su importancia, las importantes reuniones que se celebraban en la tierra de los Carnutos. Allí las tribus discutían problemas surgidos entre ellas y se elegía el archidruida. Se abordan cuestiones sociales, políticas y económicas y, en los descansos, los asambleístas se entregaban con fracción y voracidad al ocio recreativo. Para finalizar también recordar los rituales que se celebraban en Tara, cada tres años, los meses de julio y agosto. Por ser la residencia del rey de reyes se convertía, durante siete días, en el centro de atracción de toda Irlanda y se llevaban a cabo numerosas ceremonias mágico-religiosas, con numerosas actividades para divertir al espíritu y al cuerpo de los participantes.
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