Principal Cultura Mitología

 

EL BOSQUE: LOS ÁRBOLES SON SAGRADOS

  

    La esencia de todos los elementos, de las auténticas fuerzas naturales, estaba en el bosque, sobre todo en los calveros o sotos del bosque a los que los celtas llamaban “nemeton”, que significa “santuario”. Eran lugares abiertos al cielo, calveros en el bosque en donde crecía determinado tipo de hierba o un roble solitario. Por ejemplo la concurrida fuente de Barenton, en las Galias, adoptaba el nombre de Belenton o Belnemeton por tratarse de un calvero dedicado al dios Belenos.

El bosque fue siempre el elemento más sagrado para los celtas y lugar de sus principales ceremonias.

      En cuanto a la fuerza del druída, nacía de su comunicación directa con el bosque. El era realmente “el hombre del roble”, teniendo al roble por el más sólido y fuerte de los árboles junto a los otros siete más sagrados en el soto irlandés: el aliso, el avellano, el sauce, el manzano, el abedul, el tejo y el acebo.

-         El roble: El árbol del dios Dagda. Simboliza el poder y la fuerza de Hércules. Era el árbol real por excelencia y se empleaba como combustible en la cremación del cuerpo de los reyes, tras su muerte. Florecía en el solsticio estival y era símbolo de la resistencia y el triunfo. “Duir”, roble, significa “puerta” en irlandés, y los rituales relacionan el roble con el desmoche del muerdago, algo que tuvo un significado ceremonial muy importante en el mundo celta. El roble es el árbol-dios y el muérdago representaba el espíritu de ese dios. Era un vegetal que pendía entre el cielo y la tierra y al que se le llamaba “regalo del cielo”. Sobre roble y múerdago descendían permanentemente las energías de lo alto. El ritual del roble adquiría todo su significado si se realizaba el sexto día del creciente lunar, cuando la luna está más plena, y una vez reunida la asamblea bajo el roble, a ser posible en el centro de un “nemeton”. Se sacrificaban dos toros blancos que no hubieran sido nunca uncidos. El druída, con un atavío blanco, se encaramaba a las ramas más altas y cercanas al cielo y elegía una porción de muérdago parasitario del roble; lo cortaba con una hoz de oro y lo depositaba luego, con delicadeza, sobre un lienzo blanco. Si la planta llegaba a tomar contacto con la impureza del suelo, perdía su valor y contenido mágico-simbólico. En el País de Gales solían hacer el mismo ritual en el solsticio de junio.

-         El avellano: era el árbol de la belleza y la sabiduría, por las flores y por sus frutos. Quien comía avellanas adquiría el pleno conocimiento de las artes y las ciencias y, con una rama bifurcada del avellano se confeccionaba el instrumento indispensable de los radiestesistas de la época que, como los de hoy en día, lo utilizaban para buscar agua.

-         El abedul: Sus ramas se utilizaban para azotar a los delincuentes así como también para expulsar a los demonios y a los espíritus del año viejo. Era el árbol del comienzo, del inicio, el primero en cubrirse de hojas y que se encuentra relacionado con el ciclo menstrual femenino.

-         El manzano: Era el árbol del más allá. Una misteriosa y sobrenatural dama entregó su fruto a Condle, hijo del rey Conn, y le sirvió para alimentarse de él indefinidamente. La misma entidad regaló a Bran, joven héroe celta, una rama de manzano antes de iniciar su viaje a lo desconocido. La versión irlandesa de “El jardín de las Hespérides” habla de este árbol, cuyo fruto nunca era consumido por completo y que, además, curaba todas las enfermedades. Era árbol mágico y oracular.

-         El tejo: El árbol funerario por excelencia. Estaba consagrado a la diosa Hécate, a la que se sacrificaban toros negros con cuya sangre se alimentaban las almas de los difuntos. Los irlandeses se referían a él con un adjetivo muy peculiar: “el ataúd de la vid” pues los barriles que contenían y envejecían el vino se fabricaban con duelas de tejo. Una creencia popular británica, que se ha extendido por el norte español hasta el punto de que en Asturias también es una leyenda conocida es, y  dado el  gran número de tejos que pueden verse junto a ermitas y cementerios,- que las raíces del árbol buscan la  boca de los cadáveres para alimentarse de ellos. Los guerreros astures y cántabros, en su guerra contra los romanos, perdida la batalla y antes de caer prisioneros, preferían suicidarse ingiriendo bayas de tejo, un veneno letal en dosis altas. Los druidas lo consideraban uno de los cinco vegetales mágicos.

Uno de los más conocidos tejos de Asturias es el de Bermiego.

-         El sauce: Era el árbol de las brujas. Witch, bruja, proviene de willow, sauce, y de wicker, mimbre. Tenía bajo su protección, y curiosamente, también a los poetas. El cocimiento de su corteza y de sus hojas poseía un reconocido y celebrado poder curativo. Su penetrante rocío inducía a la celebración de orgías.

-         El acebo: El heroe medieval Gawain tenía una maza realizada con madera de este árbol. Era el árbol de crecimiento y de la plenitud anual, momento de la cosecha de la cebada.

           Otros árboles notables en el bosque celta eran:

-         El fresno: Su madera se utilizaba como talismán y para rectificar fracturas. Desde muy antiguo había sido dedicado al dios Poseidón, protector de los navegantes.

-         El espino blanco: Árbol maléfico utilizado por la Diosa Blanca, en su versión negativa como Cardea, para confeccionar maleficios. Entre los galeses se le identificaba como el gigante hechicero Ispaddaden Penkawr. Simbolizaba la castidad forzosa, aunque emitía un sugestivo olor a sexualidad femenina.

-         La vid: Fue llevada a Irlanda, desde el mar Egeo, por los Tuatha Dè Danann. El intento de aclimatarla a la isla fue un rotundo fracaso y entonces lo sustituyeron por la zarzamora, un fruto que terminó siendo considerado nefasto y, posteriormente, prohibido. A la vid se la consideraba del mal agüero por su tendencia a enroscarse y sofocar la vitalidad de los demás árboles.

-         El saúco: Era el arbusto del agua, preferido por las  brujas. Su olor podía causar la muerte y por eso se asociaba con el ciprés.

-         El abeto: se distinguía por su feminidad. Los griegos lo consagraron a Artemisa, diosa lugar reguladora de los nacimientos. Druantia era el nombre que los galos daban a la diosa del abeto, con el rango de “reina de los druidas”.

-         El álamo blanco: El árbol del equinoccio de otoño, símbolo de la decadencia y la ancianidad. Al igual que el álamo negro, eran  temidos por su relación con la muerte.

-         La retama: era el símbolo del sol naciente con sus flores amarillas y sus hojas lanceoladas.

-         El brezo: Los galos transfirieron su custodia a Uroica, la diosa del brezo. Regía el solsticio estival con su cohorte de solícitas abejas. Era el símbolo de la moderación.

                Junto a los citados no se pueden olvidar, tampoco, el madroño, el helecho, el rosal silvestre, el pino, el endrino, el olmo o la grosella, entre tantos que aún quedan por citar.

 

Principio página