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San Andrés de Teixido, la
tierra del regreso
A.
Oscos
Siempre se
dice que hay magia en Galicia o, mejor, que Galicia es mágica. Yo
comparto esa opinión. De igual forma creo que esa percepción de la
magia de algunos lugares es una especie de sexto sentido que no
tiene todo el mundo al igual que no todas personas sienten o se
emocionan de la misma forma, al contemplar, por ejemplo, un mismo
paisaje. En mi tierra, Asturias, durante años me llamó la atención
el hecho de que, junto a cada pequeña capilla en algunos pueblos,
hubiese plantado al menos uno o dos tejos. Cuando se ignora la
historia una se imagina lo más sencillo y yo creía, inocentemente,
que la elección del tejo junto a las ermitas era tomada por los
sacerdotes que atendían a los vecinos de sus parroquias. Nada más
lejos de la realidad. Alguien que sabe mucho sobre mitos y religión
me afirmó que el tejo, (texu como decimos en Asturias y teixo, en
Galicia), había crecido muchos años antes que fuese levantada la
capilla y que, a su sombra y bajo su copa los vecinos de los pueblos
celebraban las asambleas en que se tomaban las decisiones más
importantes para la comunidad. El protagonismo del árbol al cual,
además, se le atribuían cualidades mágicas, preocupó hasta tal punto
a la Iglesia que, por ese motivo, erigió junto a estos árboles sus
capillas con la intención de erradicar el, para ellos,
incomprensible y «peligroso» poder de un árbol que aún hoy sigue
alimentando los sueños de los amantes de los mitos y también de los
“recuperadores” de las tradiciones perdidas. Lo cierto es que cuando
mitos y religión se mezclan, a veces se producen historias tan
atrayentes y poéticas como la de San Andrés de Teixido, que dicen
debe su nombre a la cantidad de tejos que,hace muchos años, existía
en la zona.
Hay
senderos que, aún sintiendo sólo el paso del aire entre las ramas de
lo árboles, o el fuerte olor del nacimiento de los helechos, se
perciben llenos de pisadas de otros que lo siguieron primero. Esa
invisible presencia de los que por allí pasaron, tal vez en la misma
dirección que nosotros, nos alienta a llegar hasta el punto de
destino. En este caso es San Andrés de Teixido, un lugar donde la
mezcla de la fe, las tradiciones y los antiguos mitos alimentan el
alma y el espíritu de los que allí se acercan buscando amor, salud,
paz, descanso, entendimiento, reposo, ilusión y, por supuesto,
lograr en vida que las puertas del cielo, otras que al parecer
anteceden a las de San Pedro, les sean abiertas a su muerte por
intercesión del mismísimo San Andrés si previamente ha cumplido con
el único requisito necesario para ello, ir de romería y visitarle
en su capilla al menos una vez en la vida.
Cuando se
va a San Andrés los sentidos se agudizan. La carretera que nos
conduce, desde Cederia, nos lleva por la sierra de A Capelada y nos
asoma a ese Cantábrico por el que llegó a estas tierras el mismísimo
santo en una pequeña barca que, a decir de los propios del lugar, no
es sino una roca petrificada, muy cercana en la mar, que a diario se
esconde entre olas y espuma oceánica. Afirman que este santuario es
una especie de meca para todos los gallegos. Yo extiendo este
razonamiento a todos los que disfrutan y viven las tradiciones
populares, crean o no en ellas, y con independencia del lugar de su
nacimiento. ¿No es acaso universal el asombro, la esperanza, el
sosiego, la fe, la humanidad o la gratitud?.
Durante
siglos muchos campesinos y también marineros gallegos han acudido a
este santuario, enclavado al fondo de este valle que regala a la
vista acantilados de inagotable belleza, para rendirle cuentas al
santo en vida y no tener que ir después de muertos. Esta frase, que
parece un imposible, es sin embargo la razón principal de su
leyenda. Y es que se cuenta que el santo, después de muchos años en
Teixido, se mostraba cabizbajo y silencioso. El Señor, al ser
consciente de su melancolía, le preguntó la razón de su desasosiego
y éste le contestó que se debía a que todos los peregrinos iban a
Santiago, y pasaban de largo antes su santuario, incluso a pesar de
que él también hacía milagros como el primero. A lo que el Señor le
respondió que “aquel que, al menos una vez en la vida, no
peregrinara a San Andrés de Teixido, lo haría después de muerto”.
Por eso se cuenta que algunos animales que por allí deambulan, como
sapos, lagartos, sabandijas o culebras, no son sino las almas que no
fueron a su romería en vida, y que ahora lo hacen reencarnados en
ellos, estando prohibido matarlos no vaya a ser que --como me dijo
aquella mujer que vendía roscas casera a la entrada del pueblo--,
“esa lagartija que pretende pisar sea un primo suyo que vive en
Pontevedra, que murió sin usted saberlo y que nunca fue a San Andrés
en vida”.
Ya abajo,
dentro de la capilla, San Andrés se deja acompañar por numerosas
ofrendas de agradecimiento en forma de pies, manos, piernas, vacas y
cerdos de cera; cayaos, poemas en frágiles papeles y multitud de
velas, algunas ya extintas.. Santo milagrero y especial, también
sabe de las penas de amor, por eso las vecinas regalan, al comprar
alguna concha, estatuilla del santo, camiseta publicitaria o dulces
de la zona, un pequeño trocito de campo atado con unos hilos que
llaman “ la namoradeira” o hierba de enamorar, que crece muy cerca
de la costa, allá donde el Santo apoyó sus manos al desembarcar y la
que habrá de entregarse a la persona de la que pretendemos su amor,
esperando que se obre el milagro de que caiga rendido o rendida, en
nuestros brazos.
Otro de los
ritos es bajar a la fuente de los milagros y tras beber de los tres
caños, pedirle un favor esperando que se cumpla. Incluso hay quien
pide tres, uno por cada trago bebido. Se cuenta que para asegurarse
del resultado se tira pan a la fuente y, si flota, el deseo será
concedido. En cuanto a los días más importantes de romería tomo
prestados lo datos de un calendario de celebraciones local que dice
que los días en que se acude a la romería son el viernes, el sábado
y el domingo de Pentecostés, el 24 de junio, desde el 16 de agosto
al 9 de septiembre y también del 27 al 30 de noviembre, festividad
del apóstol San Andrés. De igual forma es muy peculiar que los
romeros acudan con “sanandreses” colgando del ramo. Estas son
pequeñas figuras de pan endurecido, con diferentes formas y
distintos colores, que representan diversos símbolos relacionados
con la llegada del santo a estas tierras gallegas.
Personalmente y, antes de acabar esta narración, me gustaría
compartir con ustedes la historia que me contó una vecina de
Viveiro (quien en su día me recomendó conocer el santuario, y al
que, por cierto, ya fui tres veces, por lo que esta claro que al
menos quedo eximida de volver a este mundo como rana o lagartija).
Y es que se cuenta que hace algunos años, pero tampoco muchos, una
mujer de mediana edad se subió a un autobús en dirección a San
Andrés de Teixido. Sobre sus piernas llevaba una pequeña cesta con
alimentos e iba sentada muy cerca de la ventanilla, aunque realmente
el asiento que tenía toda la visibilidad del paisaje, iba vacío. Era
este un autobús que realizaba distintas paradas para recoger o dejar
gente allá por las localidades que cruzaba. En una de esas paradas
un hombre se subió y pretendió sentarse junto a ella a lo que esta,
con voz tranquila y suave, le dijo que era imposible pues ese lugar
estaba ocupado. No saliendo de su asombro el hombre se dirigió a la
parte delantera del autocar, donde si encontró otro asiento. Esta
situación se repitió varias veces por lo que el conductor, avisado
por uno de los viajeros de lo que sucedía, no pudo evitar
preguntarle a la mujer, durante uno de los descansos del viaje y
mientras tomaba un café en un bar de carretera, el porqué de su
afirmación cuando llevaba todo el viaje sola. Ella, sin inmutarse,
apuró su consumición y le dijo que hacía cuatro días uno de sus
vecinos del pueblo, con el que mantenía una excelente relación, se
le apareció en sueños, como un fantasma, y le dijo que acababa de
morir y que necesitaba que le acompañara a San Andrés de Teixido a
cumplir con el viaje que todo buen cristiano debe hacer en vida. De
igual modo le pidió que le reservase un asiento en el autobús y
llenase una cesta de comida para alimentar a cuantos animales se
encontrasen camino del santuario, sobre todo aquellos en los que
podrían haberse reencarnados otras almas. “Señor conductor”—le dijo
la buena mujer-- “no crea que estoy loca ni piense que yo también le
he visto junto a mi, sólo recuerdo aquella noche y de cómo al día
siguiente supe por la gente del pueblo que aquel vecino había muerto
24 horas antes. Lo único que hago es ayudarle a cumplir su viaje y,
aún sin saber si su espíritu me acompaña, este será su asiento hasta
llegar santuario”.
Una hora
más tarde el autobús llegó hasta Teixido y todos los viajeros
descendieron para encaminarse hasta la ermita del santo. Antes de
cerrar las puertas el conductor no pudo evitar volver la vista
atrás, quien sabe si esperando encontrar unos ojos que le mirasen
desde aquel asiento que estuvo vacío todo el trayecto. Pero no fue
así. Tampoco volvió a ver jamás a aquella mujer. Tal vez encontrase
algún conocido en cuyo coche regresó a su pueblo. Lo que si recuerda
es que, antes de partir, y tras dar varios paseos cerca de la fuente
de los milagros, encontró la cesta volcada que la mujer llevaba
sobre su regazo, como un tesoro, y cuyo contenido había quedado
esparcido por el suelo, tal vez volteado por una fuerte ráfaga de
viento.
Vio aquella
cesta y también vio como tres lagartijas comían apuradas pequeños
pedacitos de pan y de queso. Una levantó la cabeza, le miró un
instante, y luego se alejó corriendo camino de la ermita.
Posiblemente era la hora en que, en Teixido, se abrían las puertas
del cielo.
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